¿Por qué importa el lenguaje? Autoritarismo, ideologías y narrativas en tiempos de Trump 2.0
En esta edición del blog nos gustaría discutir la importancia del discurso, y el papel de las narrativas y las ideologías frente a un panorama adverso.
En Intrasentido hacemos trabajo narrativo entendiendo las narrativas como las grandes historias o relatos entretejidos que dan sentido a diversas interpretaciones de las realidades; tienen que ver con tomar la palabra, hacernos presentes, crear identidades, cultura, memoria.
A su vez, las narrativas son los vehículos a través de los cuales se deslizan las ideologías de las personas. Si bien las ideologías son un concepto más abstracto, partimos de la noción de que las personas no tienen una ideología única, sino múltiples ideologías que conviven y se atraviesan en su vida y sus prácticas cotidianas.
Las ideologías son modelos o sistemas que sustentan los procesos de conocimiento social y político de los grupos sociales. No necesariamente se refieren a grandes paradigmas o estructuras de pensamiento, como el socialismo o el liberalismo; también pueden manifestarse en aspectos cotidianos. Aunque podría parecer que no tenemos una ideología sobre algo tan trivial como las manzanas, nuestras percepciones sobre ellas pueden estar influidas por construcciones ideológicas.
Por ejemplo, las manzanas tienen un fuerte vínculo bíblico que muchas personas reconocen a través de referencias culturales. Para algunas, la asociación entre manzana y pecado es evidente, mientras que para otras puede pasar desapercibida.
Tanto políticos como publicistas han sabido utilizar narrativas para vender ideologías socialmente compartidas y sumamente persuasivas. Si los estudios sobre ideologías indican que éstas funcionan para ordenar el conocimiento de las personas, entender el papel de las narrativas es muy relevante para comprender a través de qué historias están sostenidas esas ideologías.
No necesitamos ser analistas del discurso o especialistas en comunicación para darnos cuenta que el discurso de Donald Trump se ha refinado durante ocho años para convertirse en un monstruo de muchas cabezas: es etnocéntrico al extremo, es obviamente misógino, pero también es racista hacia las personas negras de maneras más sutiles, es antifeminista, y a pesar de ser nacionalista, es sumamente pro neoliberalismo. Las ideologías de Trump tienen al centro una característica muy común en los discursos polarizantes y populistas: construyen a través del discurso un enemigo común, un Otro. Este toma la forma muchísimas veces y principalmente de migrantes, pero también este dispositivo retórico ataca poblaciones LGBTI —principalmente mujeres trans—, feministas, musulmanes, mexicanos, etc.
La avanzada de los autoritarismos populistas no es un fenómeno reciente en la política internacional, sin embargo, se perfila para ser uno de los más peligrosos de este siglo. La influencia sociopolítica y cultural de Estados Unidos, es innegable, el proyecto de hegemonía cultural se ha replicado en distintas facetas, por eso nos parece importante enfatizar sobre la relevancia de ese país como maquinaria propagandística de narrativas virulentas sobre el Otro. Estados Unidos exporta discursos de odio que se re-apropian y expanden en distintas geografías (el discurso sobre la agenda “2030”, la “ideología de género” y discursos pro industria carcelaria son tan solo algunos ejemplos rastreables).
Por ende se vuelven centrales el lenguaje y su papel para construir un enemigo sobre el cual una sociedad se puede volcar para atacar hasta el punto de justificar su deshumanización y aniquilación —como ha sido el caso de la sociedad israelí con el pueblo palestino—. El discurso parece ser un arma de doble filo, ya que por un lado es muy peligroso cuando se utiliza para construir una otredad a partir de fobias nacionalistas, pero también resulta sumamente útil para nombrar las injusticias y actuar en consecuencia. En Intrasentido operamos sobre esta segunda premisa, utilizando las narrativas para diseñar mundos que queremos ver.
Si bien creemos que el lenguaje es una herramienta muy poderosa para construir la realidad social e individual de las personas, no creemos que lo sea todo: es muy importante que no caigamos en la falsa idea de que las narrativas y el lenguaje son el único camino para comprender la vida en sociedad. El ámbito de las acciones y comportamientos que acompañan y se producen desde el discurso son otro de los elementos a comprender en nuestro trabajo —como diría el dicho, “vale más una acción que mil palabras”— .
El presidente de Estados Unidos lo ha demostrado desde que tomó posesión al firmar decenas de órdenes ejecutivas, tenemos el presentimiento de que al menos los primeros cien días de su gobierno estarán dedicados a crear crisis económicas y sociales para conseguir desorientar y paralizar a los ciudadanos opositores y saturar a los medios.
Aún más, el discurso y las acciones de Trump apuntan a un neopopulismo que es y ha sido sumamente atractivo para milicias armadas de extrema derecha.
Entonces ¿cómo deberíamos nombrar este momento histórico? No podemos argumentar que sea un momento inédito en la historia, las señales están ahí desde hace décadas (probablemente el facismo nunca murió). Incluso al interior de nuestro equipo aún mantenemos la discusión sobre cómo llamar la nueva oleada de políticas de extrema derecha: decirles autoritarismos así simple y llanamente, o si más bien son más cercanos a los fascismos, o si han mutado a una especie de populismo autoritario (como lo denomina Miriam Juan-Torres Gonzáles del Instituto Other and Belonging de Berkeley), o incluso les podríamos nombrar como posfacismo (así se refiere el historiador Enzo Traverso a la nueva oleada de la ultraderecha). Lo que nos queda claro es que aunque no es absolutamente necesario llegar a un consenso, sí es urgente abrir un diálogo sobre este monstruo de mil cabezas (o sobre esta hidra capitalista en el sentido zapatista).
La invitación que hacemos desde Intrasentido es siempre a ser estratégicas con nuestras acciones y narrativas. Queremos denunciar lo que pasa en el mundo siempre con el objetivo de desarrollar esperanza, al tiempo que no queremos caer en una positividad tóxica. La esperanza se cimenta en el reconocimiento de la agencia y la colectividad.
Existen precedentes históricos que permiten comprender los peligros del autoritarismo. Durante años, incluso después del primer mandato de Trump, el Partido Demócrata de Estados Unidos (y, por extensión, buena parte del movimiento progresista a nivel global) promovió la idea de un “regreso a la normalidad” (business as usual). Sin embargo, este intento de restaurar un statu quo nunca realmente existente, ignoró las causas estructurales de las crisis y se desarrolló en un contexto cada vez más polarizado, xenófobo, racista y violento.
Hoy nos enfrentamos a un panorama geopolítico que puede parecer desolador e incomprensible, pero que no surgió de la nada en enero de 2025. Si bien esta arremetida sísmica busca sumirnos en el desconcierto y desmantelar los avances globales en materia de derechos humanos (sería ingenuo minimizar el impacto del cierre de los fondos federales de ayuda internacional destinados a la sociedad civil), también debe servir como un llamado a la acción. Ante el intento de desarticular las estructuras de apoyo y resistencia, es fundamental reactivar alianzas, fortalecer redes latentes y consolidar espacios de solidaridad.