Descentrarse para expandirse
A inicios de 2020 cumplíamos 8 años de lo que se conoce como trabajo narrativo, al inicio lo llamábamos activismo, después comunicaciones estratégicas, después intervenciones narrativas.
Habíamos sido parte de un proceso para detener un aeropuerto ecocida, múltiples procesos de aprendizaje con activistas internacionales e incluso la candidatura de una mujer indígena en Centroamérica.
En ese momento impartíamos talleres y promovíamos campañas de cambio. Hacíamos análisis de data con información de Twitter y Facebook y comenzamos a desencantarnos del asunto, lo mismo con los análisis de medios. Sobre todo, empezaba a surgir la pregunta de ¿a quién le servía lo que estábamos haciendo? A pesar de tener bastante trabajo con muy diversos grupos de sociedad civil, la distancia entre nuestros análisis y herramientas, y las personas que necesitaban utilizarlas parecía estarse agrandando. Reconocimos que nuestro trabajo era útil, pero era necesaria nuestra presencia para implementarlo.
Entonces llegó la pandemia. No tengo que explicar que fue un evento terrible y transformador para el mundo, pero quizás sea útil explicar lo que ocurrió con muchos activismos, comunidades y movimientos sociales en LatinoAmérica. En diferentes partes de la región se vivió un recrudecimiento de la represión y los esquemas de seguridad militares, a la par que se vivía una oleada masiva de desinformación, todo en un contexto de mucha desigualdad.
Esto impactó las condiciones para migrar (varios países pasaron leyes relámpago para restringir aún más el movimiento de la población), tuvo efectos terribles en las comunidades que ya eran vulnerables y que fueron expuestas al virus, también impactó fuertemente el desempleo y escasez de recursos. En México aunque no vivimos un encierro como el que se vivió en otros países, sí tuvimos un poco de todo lo demás: altas tasas de muerte y contagio, represiones de la protesta y la vida en el espacio público, desigualdad atroz y muchas más.
Distintos tipos de activistas y organizadores se encontraron en posiciones diferentes, pero algo que se ha repetido en los relatos que he escuchado sobre ese tiempo es que los defensores de derechos humanos jamás trabajamos tanto como ese año, y es que desde quienes estaban organizando ollas comunitarias en Ecuador, hasta quienes estaban en el frenesí del fact checking sobre cada nueva noticia del virus y las restricciones, pasando por quiénes buscábamos maneras de trasladar nuestra labor a los espacios digitales, todes nos abocamos a la labor “activista”, al trabajo por o con nuestras comunidades y a descifrar maneras de cuidarnos desde las distancias impuestas.
Fue allí que la pregunta sobre ¿a quién le sirve esto? se volvió inevitable. Por aquél entonces éramos parte de un grupo pequeño pero comprometido, que sobre todo identificaba problemas y oportunidades para “intervenir narrativas”. Nuestra labor consistía en buscar dónde podríamos ser útiles y proveer nuestros servicios en un proceso conjunto con la comunidad que estuviera luchando. El trabajo sí era colaborativo y era útil, pero en 2020 ambas palabras se tuvieron que redefinir: colaborar no implica lo mismo con la distancia, sobre todo si trabajas con comunidades cuyo acceso a internet es bajo, especialmente si no puedes movilizar recursos (de todo tipo), atención y medios a una problemática. La red de trabajo se reveló torpe, a veces balanceando su peso a una esquina dónde estaba la necesidad de generar abundantes materiales de comunicación; otras veces enfocándose en en la trama de las largas y minuciosas investigaciones que nos tomaba un rato traducir siquiera a un lenguaje coloquial; en otras ocasiones el hilo más importante era la organización con la comunidad afectada, definitivamente no había un equilibrio. Esta red nos dejó de sostener.
Los fallos se hicieron evidentes. Siguiendo esta metáfora de la red, voy a ponerme técnica por un momento.
En la teoría de redes solemos nombrar diferentes tipos de redes: centralizadas, descentralizadas y distribuidas. En una red centralizada hay un nodo que acumula interacciones. Es decir una cuenta, usuario, persona, o unidad es a través de quién ocurren la mayor parte de las relaciones. Una red descentralizada suele tener muchos nodos significativos, que además de acumular relaciones con nodos más pequeños están conectados entre sí. Una red distribuida es en la que más o menos todos los nodos (chicos o grandes) están conectados entre sí, nadie acumula demasiado “peso en la red”.
Sin buscarlo ni desearlo, como grupo nos habíamos vuelto un nodo central, útil pero demasiado necesario. Empezamos a sentir una presión absurda: si nosotras no estábamos, si nosotras no hacíamos las cosas entonces este trabajo, esta labor de “intervención narrativa” se caería.
Ahora reconocemos que esa era una noción absurda porque entendemos que el trabajo narrativo no se tiene que llamar así para realizarse, y se realiza desde hace tiempo en todos los rincones de esta región llamada Latinoamérica. Lo que sí era cierto, era que nuestro tipo de trabajo dependía del análisis y herramientas especializadas para las que nunca había tiempo o manera de enseñarle a otres. Esto nos ponía en esa posición central de “nodo necesario” pero además nos ponía en una posición de poder que aunque intentamos minimizar y reducir inevitablemente salía a relucir.
Transitamos así el 2020, sabiendo dónde no queríamos estar (al centro) pero sin saber cómo salir de allí. La pregunta se transformó desde ¿a quién le sirve esto? a ¿Cómo podemos poner a otras personas en el centro? Decidimos salir de este grupo de trabajo y buscar otros aires, otras maneras de estar, de trabajar y de cuidarnos.
Lo primero fue tomar un paso atrás para poder ver nuestro trabajo con otros ojos, desde otro lugar. Sin necesariamente pausar le hicimos preguntas a nuestro trabajo y a las personas con las que trabajamos. ¿Qué parte de este proceso funciona? ¿Qué no se entiende? Y sobre todo ¿Cómo se ve cuando las personas sienten que aprendieron nuevas herramientas? ¿Qué cosas hay en ese proceso que permiten que las personas salgan sintiéndose más capaces, con mayor confianza en su propia labor?
Así llegamos al término poco atractivo: “construcción de capacidades. Pero a mi me gusta más “comunidad de práctica”, o de coaprendizaje. Mientras que antes vivíamos en la tensión de estar al centro o al margen de los procesos, ahora los acompañamos.
Acompañar es estar a la par, es estar desde dónde yo soy, para quien tú eres. Acompañamos a organizaciones, colectivas, activistas en el trayecto de entender que lo que hacen es trabajo narrativo, en conocer herramientas y técnicas útiles para su trabajo, (incluso cuando nos dicen “esto a mí no me sirve”), en descubrir nuevas maneras de comunicarse y conectarse. También ellas nos acompañan en el proceso de cambiar nuestro métodos, de reformular nuestras preguntas, de experimentar nuevas metodologías. El co-aprendizaje implica reescribirse constantemente, e integrar nuevas palabras, nuevas señas, nuevas dinámicas y estrategias, significa que “el trabajo” no es solo nuestro, sino que es resultado de un proceso colectivo.
Les activistas, defensores del territorio, feministas, colectivas y organizadores, comunicadores no podemos estar en todos lados. Nadie puede, incluso si nos volvemos más y más grandes, jamás podremos abarcarlo todo, todas las problemáticas y todas las regiones. Pero si nos quitamos del centro quizás podemos volvernos parte de una red sensible, integrada de personas, cada una tan valiosa y necesaria como las otras, y quizás así podemos expandir esta labor, una historia a la vez.